Colombia tras de un Cadáver: "Carnaval" en los funerales de Rivera
- Jorge Luis Rodriguez Barrera
- Apr 28, 2024
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escrito por Juan David Bermúdez Rojas
Era 1 de diciembre de 1928, corría el tradicional invierno que caracterizaba a Estados Unidos. En una fría noche en la ciudad de New York, el poeta José Eustasio Rivera dejó de existir. No hacía más de tres días que Rivera había caído enfermo en cama, el 23 de noviembre de dicho año, una nota periodística lo reportaba en cumplimiento de su función diplomática, posaba junto al piloto Benjamín Méndez Rey, quien haría el primer viaje aéreo entre Nueva York y Bogotá, una hazaña para la aeronáutica nacional.

Cuando Rivera murió, ya era un afamado escritor y poeta colombiano. Cuatro años antes de su muerte, había publicado su obra más conocida: “La Vorágine”. Abogado de profesión, se graduó en 1917 de la Facultad de Derecho de la universidad Nacional de Colombia, y se dedicó a recorrer los Llanos Orientales, en cumplimiento de su deber como abogado de causas civiles.
Era oriundo del Huila, había crecido en un municipio llamado San Mateo. A la edad de 18 años, conoció la selva de asfalto, pues en 1906 llegó y se insertó en la Atenas suramericana, en el centro de la capital colombiana. Fue un niño mimado, de padres amorosos y varios hermanos. La posibilidad de haber crecido en una zona rural le permitía mirar las cosas de manera diferente, cosas distintas a las que miraba su generación. Le llamaba lo natural, no se sentía a gusto en la gran ciudad.
Lo anterior permite pensar una posible explicación para su gusto e interés en su profesión como abogado implicado en asuntos limítrofes y de tierras. Lo llamaban los llanos y la selva, su mirada iba hacia allí. Debido a todo esto, escribe y saca a la luz la denuncia propia que es su obra “La Vorágine”. Esta le da prestigio y lo posiciona aún más dentro de la sociedad colombiana. Lo da a conocer en los círculos literarios americanos. Toda una generación quedó marcada por:
“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia” - La Vorágine

En 1928, bajo el encargo del gobierno colombiano, viaja rumbo a Cuba a una convención internacional, posteriormente, va rumbo a New York con el objetivo de traducir su obra al inglés y llevarla al cine. El 21 de marzo de 1928, reseñan a un José Eustasio de 1.82 de altura, de cabello negro, lacio, ojos pardos y cejas pobladas, tenía una frente amplia, una nariz recta y delgada, bigote y una boca pequeña. Era un hombre trigueño, con lunares en la boca, abogado de profesión y su estado civil era soltero, tal cual reza su pasaporte.
En la mañana del 3 de abril de dicho año, el diario El Tiempo en su página 7 reportaba: “Salió para la Habana el doctor José Eustasio Rivera”, esa fue la última vez que Rivera vio a Colombia. Los próximos meses del año, en su mayoría, los pasaría en suelo norteamericano. Su muerte causó gran estupor en Colombia, la mayoría de los diarios que salieron en la mañana del 2 de diciembre de 1928, tenían en primera página la noticia de la muerte del afamado escritor. El Tiempo tituló su edición del 2 de diciembre: “Los últimos momentos: Después de una rápida agonía dejo de existir el eximio poeta ayer al medio día”
El regreso de su cuerpo a Colombia se constituye como una recurrente discusión de la “Opinión Pública”, la muerte de Rivera significo el “carnaval” que no tuvo él en vida por sus éxitos. El 17 de diciembre a Barranquilla, en el vapor “Sinaloa”, el cual era el único en ese momento con viaje a Colombia, vapor que irónicamente sería propiedad de la United Fruit Company. llegó el cadáver embalsamado y tras 9 días de cámara ardiente en la capilla de San Nicolás, el féretro es embarcado en el vapor “Carbonell-González”, rumbo a varios destinos en el río Magdalena.
En el mismo mes y año de la muerte del poeta, en el día 5 ocurrirá la Masacre de las Bananeras, la prensa de medida mesurada cubrirá este suceso. Puede ser que el espectáculo tras del cadáver de Rivera, sea una forma de desviar el foco de la opinión pública. Que el país gire en torno a un cadáver conocido y no a los varios cadáveres de desposeídos y desconocidos caídos en Ciénega, Magdalena.
En Barranquilla, en cercanías al lugar de los hechos, la sociedad se engalanó. Durante varios días, gentes de todos los estratos y colores visitaron al cadáver, despidieron al poeta. El ambiente pese al luto por la muerte era de carnaval, como si el tradicional evento de esta ciudad se hubiera adelantado. Todo el mundo quería ver al muerto, despedirse de él, no podían pasar por alto el ilustre ciudadano que había llegado a su ciudad. Es posiblemente su cultura y composición social, lo que hace particular los honores en esta ciudad, es de hecho donde más tiempo permanece el cadáver, apostado a los ojos de curiosos o conocedores de la obra en vida del difunto.
Un variopinto carnaval de personas provenientes de toda la ribera del río Magdalena seguía el féretro, en cada localidad que alcanzaba, la gente se congregaba, visitaban el ataúd, como si se tratase de la llegada del mismísimo Papa Pío XI, lo que no había sido durante su vida, se convertía en su muerte, ya que cada gobierno local preparaba un homenaje más grandioso que el recibido por la población anterior. El 1 de enero de 1929, el cadáver llego a la población de Honda, tras el respectivo homenaje se detuvo en Mariquita y luego es llevado a Neiva, De esta ciudad, salió una junta de “notables” ciudadanos, escoltando el cuerpo hasta Girardot, allí y en Flandes celebran los respectivos homenajes y el 7 en la noche, es enviado en tren hacia la capital.

Los homenajes en Bogotá fueron un caso especial, era una ciudad fría, tanto en su clima, como en su sociedad. José Eustasio Rivera, nunca fue acogido del todo en la ciudad, la sociedad capitalina miraba con cierto desdén a los foráneos. Tenía grandes amigos de los círculos literarios de los cafés, pero también grandes críticos de su obra y denuncias. No obstante, su cuerpo no se dirigió al Huila, su amada tierra natal, sino que terminó en la selva asfáltica, en la ciudad que tanto había criticado su labor.
La mañana posterior a su fallecimiento, se llevaron a cabo los preparativos en la capital. El congreso encargó a un grupo de distinguidas damas, de hacer los preparativos para el homenaje del poeta. Casi un mes duraron los preparativos para el recibimiento del cadáver. Tres días duró José Eustasio Rivera en cámara ardiente en el edificio del Capitolio, la ciudad giro en torno a ello, amigos, familiares y colegas, lo despidieron con afligió y tristeza, e hipócritas contradictores a él, hicieron lo propio.
El 12 de enero de 1929, Rivera es enterrado en el Cementerio Central, sobre la calle 26. Después de un concurrido evento, donde buena parte de la ciudad asistió, la nación finalmente entierra el cadáver, del cual ha estado detrás durante el último mes. El diario liberal El Tiempo, durante los días posteriores a la muerte y hasta el mismo día del entierro, en todas sus ediciones, cubrió lo que sucedía tras el paso del difunto, finalmente cerró aquel largo mes de seguir los pasos del poeta extinto, con una primera página que titulaba:
“Los funerales del poeta Rivera"
Finalmente, el carnaval acabó, el país volvió a su rutina. Es muy propio de la cultura colombiana celebrar en muerte y no en vida. Para quienes hacemos el rastreo histórico de un personaje, siempre es mejor comenzar por su muerte y no por su nacimiento, pues en las fuentes hemerográficas, generalmente se habla de la vida y logros de una persona solo hasta el día de su deceso.
Esta es la misma cultura que no suele regalar flores en vida, pero se apresura a comprar caros ramilletes para los sepelios, con un gran listón que dice “De parte de la familia…”. El caso de José Eustasio Rivera no es indiferente a esta lógica, el paso de su cadáver por el río Magdalena y varias poblaciones, se constituyó en los homenajes carnavalescos que no tuvo en vida por sus logros.
Después de todo, bien sea como medio de desviación del foco público frente a lo sucedido en Ciénega, o como fiel homenaje a un ilustre colombiano. La ribera del río Magdalena recibió y siguió los pasos de un cadáver que fue cubierto día a día, homenaje tras homenaje, por una nación entera. Un país que carnavaliza la muerte y los eventos fúnebres de un cuerpo, evidenciando las curiosas costumbres colombianas, que caracterizan el proceso de duelo por la muerte. Todo esto finalmente terminó en una tumba en deterioro y abandonada a la suerte, en medio de una ciudad que evoca todo, menos lo que la mirada de Rivera vio en vida, el llano y selva que tanto lo llamaba.


No es cierto que el cadáver de Rivera estuviera en Neiva. Jamás llegó a su ciudad de nacimiento. Luis Enrique Rivera , su hermano, no lo permitió. El entierro del poeta fue el 9 de enero, no el 12. Bastantes imprecisiones en el texto.